| Crónica de mi viaje al Resort Reethi Beach en Maldivas |
Los pasados días 7 al 12 de agosto de 2007, tras nuestra ruta por Sri Lanka, realizamos un sueño que teníamos pendiente: volver a Maldivas con nuestros hijos. La anterior vez fue en agosto de 1995. 
Recuerdo que en el avión de vuelta, no hacía más que soñar con volver allí, para enseñarle a mi hijo el auténtico paraíso. He viajado mucho, por casi todo el mundo, y no he visto nada como Maldivas. El año pasado, cumplí mi sueño de llevarlos a Kenya, y este verano tocaba Maldivas. En esta ocasión, me moví pronto, ya en febrero, buscando información para escoger una isla-hotel que colmara esos sueños. Al final, la elección fue el Reethi Beach, un acierto total. 
¿Repetir Maldivas? Pues sí. Maldivas es un lugar al que siempre volvería. La República de las Maldivas es un país situado en el Océano Índico al sudoeste de Sri Lanka y la India, al sur de Asia, constituido por 1.196 islas, de las cuales 203 están habitadas, localizadas alrededor de 450 km al sur de la península de Deccan. Están agrupadas en 26 atolones. Posee un clima tropical y húmedo con una precipitación aproximada de 2000 mm al año. 
El islam es la religión predominante. Es el país menos poblado de Asia y el menos poblado entre los países musulmanes. Maldivas vivía tradicionalmente de la pesca, pero en la actualidad, el turismo se ha convertido en el motor más importante del país. El Reethi Beach está en la isla de Fonimagoodhoo, en el atolón de Baa. El Atolón Baa está ubicado en el oeste de la serie de atolones de las Maldivas. 
Consiste en 75 islas de las cuales 13 están habitadas con una población de unas 12,000 personas; se encuentra entre las latitudes 5° 23' N y 4° 49' N. Las restantes 57 islas están inhabitadas.
El atolon Baa es también considerado como un ejemplo de una rica biodiversidad hallada en las Maldivas, incluyendo extensos manglares y una diversidad única, como la fauna béntica. Además, la forma anillada de los arrecifes es conocida como faroes, en el atolón Baa tiene un arrecife con una estructura única en las Maldivas. 
Bien, la cosa empezó el 7 de agosto, aunque he de decir que el 31 de julio, cuando íbamos de Londres a Colombo, hicimos una escala en Male, por lo que pudimos vislumbrar las islas esmeraldas desde el cielo.
Tras la ruta cingalesa, con el vuelo de la Sri Lankan Airlines llegábamos a Male el 7 de agosto sobre las 12 hora local. Nos esperaba el representante de Kuoni, muy eficiente, que se quedó con nuestros billetes de regreso y nos dijo: “ustedes sólo disfruten”, y nos llevó a la furgo que nos llevaría a los hidros. 
Qué nervios ! Recuerdo que Oriol ya vio por la ventana algún pez en las aguas que rodean al aeropuerto. Tuvimos un poco de retraso, que unido a las ganas de llegar al Reethi, nos sumió en la desesperación… Por fin llegó el momento. Cogí ventanilla. Qué pasada ! Por mucho que te cuenten o que veas en fotos, nada es comparable con ese vuelo. Una tras otras van apareciendo esas gemas, esas esmeraldas increíbles. 
Sobrevolamos esas maravillas durante una media hora, más o menos, hasta que alguien gritó: “el Reethi !!”. En pocos momentos, con suavidad exquisita, amerizamos y el dhoni del Reethi nos llevó a la recepción. A partir de ahí, a desempolvar mi oxidado inglés. Tras disfrutar de un agua de coco fría, que me supo a maravilla, nos fuimos a las habitaciones.
Lo primero que me sorprendió del Reethi fue su naturalidad y su exquisita sencillez. No es un lugar lujoso, pero es un lugar totalmente auténtico, con una vegetación autóctona y no un jardin artificial, como yo recordaba del laguna. Nos acompañó una chica alemana, muy simpática, que nos fue enseñando todo, hasta que llegamos a nuestra water villas, a nuestros OW. Qué maravilla. 
Recuerdo que salí a la terraza y miré debajo. Mi hijo Oriol alucinaba. Justo abajo había unos preciosos peces papagayo que se veían tan bien que no hacía falta gafas. Oriol les tiró unas galletas desmenuzadas y, en segundos, el agua se llenó de peces de colores ! Casi sin tiempo para más, llegó la hora de dar de comer a las rayas y tiburones. Fuimos al jeti y el show había empezado.
Hasta tres tiburones guitarra a menos de un metro de nosotros. Oriol seguía alucinando, y todos ! Luego, la puesta de Sol, nuestra primera cena y a pensar en el snorkeling del día siguiente. 
He de decir que nuestros días en el Reethi Beach se pasaron volando. Las habitaciones, el entorno, la comida, el servicio, todo perfecto. En cuanto a las comidas, no fuimos ningún día fuera del buffet, ya que nos pareció todo buenísimo y muy completo y variado, incluso la noche de la cocina indo-cingalesa.
Todo muy rico. Y qué decir de los OW. Estupendos. Eso sí, te haces un hartón de andar, pero eso es ideal para bajar las comilonas, je, je, je. Desde el primer día, dejé los zapatos en la habitación. De hecho, mi mujer tuvo que pegarme bronca, porque si no, aún hoy iría descalzo je, je, je. 
Tampoco hicimos excursiones. Lo del número mínimo de 10 es un handicap, pero la verdad es que sin “hacer nada”, ya se pasa el tiempo volando. El paraíso está bajo el agua. El 8 de agosto a las 10 h., hice mi primer safari por el house reef del Reethi. Im-pre-sio-nan-te !!!!!!. Llevábamos meses soñando con ello, pero la realidad superó todo lo esperado.
Dios mío, qué diversidad de vida ! Al poco de entrar en el agua, una tortuga. Quién quiere más !! Los nervios hicieron que las primeras fotos no fueran nada del otro mundo. No sabía a qué apuntar. Había cientos de peces, corales, medusas, estrellas,….. Estuvimos una hora y salimos a descansar un rato. 
A eso de las 12’30, otra vez pa’ dentro. En esta ocasión nos acompañaron las chicas, pero al primer bicho grande, se volvieron para atrás. A esa hora la corriente era más fuerte.
El que sí que vino fue Oriol. Aguantó más de media hora, y cuando vio la caída vertical, alucinaba. Poco después, nos cruzó cerca de la orilla un tiburón de dos metros de largo. Oriol, en vez de asustarse, se puso a seguirlo. 
Nunca lo olvidará. Santi y Oriol salieron, pero yo me quedé hasta que los calambres me hicieron salir. Luego, antes de comer, me tumbé en la terracita del OW a tomar el Sol, con la privacidad total que tiene.
He de decir que una de las cosas que más me llamó la atención es que el agua está fresquita y muy agradable. Tras la comida y un poco de siesta, otra vez para el agua, hasta que el Sol se puso. El resto de días mi plan era: salida del Sol, desayuno, snorkeling, comida, siesta, snorkeling, puesta de sol, cena y a dormir. Ja, ja, ja. 
Me pasaba horas en el agua. Tengo ampollas de las aletas y un oído hecho polvo, pero ahora aún me arrepiento de no haber estado más allí abajo.
Una tarde llegué a estar dos horas seguidas. La mejor hora es entre las 7’30 y las 9’30 h., y entre las 17’30 y las 19’30 h., justo a la puesta del Sol, pero como me dijo el chico alemán que llega el dive center, all the day is good ! Qué razón tenía ! 
El último día fue muy especial. Me quedaban unas 10 fotos en la tarjeta y ya no tenía las aletas. Aunque lo dudé un poco, a las 8’30 h. de la mañana estaba en el agua. Sólo con mis gafas de bucear y la cámara. Atravesé la barrera coralina y llegué hasta el límite con el mar abierto.
Me dejé llevar por la mar e intenté resumir en mi mente, en unos minutos, todo lo vivido. No lloré porque en el mar es complicado, pero quizás no lo hice porque en el fondo de mi corazón, estaba plenamente satisfecho, en paz e inmensamente feliz. Hasta siempre, Reethi. Y a ti, Maldivas, te juro que volveré tarde o temprano. -
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